Pier Giorgio, nació en Turín en 1901 murió de poliomielitis a los 24 años. Su vida dedicada al estudio, a la piedad, a la caridad, al apostolado, se convirtió en un ejemplo para las jóvenes generaciones. Formó parte de la acción Católica y participó en muchas otras obras e iniciativas católicas, también perteneció a las Conferencias de “San Vicente de Paúl”.
Piergiorgio fue algo más que un joven, puro, alegre, abierto a la verdadera belleza y a la libertad, lleno de comprensión por los problemas sociales, que la iglesia tiene en su corazón. El 20 de mayo de 1990 fue beatificado por el Papa Jean Paul II que lo definió como: “El joven de las ocho bienaveturanzas”.
¿CON QUÉ PAGARÉ AL SEÑOR
TODO EL BIEN QUE ME HIZO? (Salmo 115)
Renovando mi agradecimiento al dueño de mi vida y de mi vocación.
Recordando con alegría y agradecimiento el día en que el Señor, único y eterno sacerdote, mi hizo partícipe de su sacerdocio.
Recordando que su misericordia es eterna y que Él no abandona la obra de sus manos. (Cfr. Salmo 139)
Experimentando cada día que “Él me amó y se entregó por mi” (Gal 2, 20)
Comprometiéndome a ser fiel en mi seguimiento a Cristo, evangelizador de los pobres.
Celebrando en nombre de Cristo y de su Iglesia los Sacramentos:
De manera especial la Reconciliación, en que en nombre de Cristo y de la Iglesia absuelvo a mis hermanos que se acercan a buscar el abrazo misericordioso del Padre. Y celebrando el gran misterio de la Fe, la acción de gracias por excelencia, la Santa Cena, la Eucaristía.
La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo me recuerda el regalo más grande que el Señor me ha dado, perpetuar el memorial de la Cena del Señor, para que su obra salvadora, realizada en el altar de la cruz, se actualice para la vida de todos los que se acercan a este sagrado banquete.
En este día recuerdo las palabras del Visitador en la carta – respuesta a mi petición de Ordenación:
“Bendito sea nuestro Buen Dios, por la vida que te dio y por el llamado a la Fe y al seguimiento de Jesús, en esta vocación de consagración. El Señor ha comenzado la obra en vos, y lo percibiste, lo maduraste durante varios años, en la formación inicial y hoy lo ves confirmado al estar tan cerca de la meta: el Sacerdocio Misionero.
El Señor fue obrando en vos: y así como “arcilla en sus manos” te dejaste moldear para revestirte de su Espíritu, hoy sigue siendo verdad, que esto no se termina nunca, mientras peregrinamos en esta tierra. Es un trabajo de cada día, “trabajen por su salvación con temor y temblor” (Flp 2, 12 – 13): Con oración diaria, con la vivencia cada vez más profunda de la vida que nace de los Sacramentos, en particular de la Eucaristía y la Reconciliación, con una entrega generosa y sacrificada en el servicio de los pobres, `nuestros amos y señores´, con una activa y responsable participación en la comunidad de hermanos…”
El evangelio de este día nos presenta a Jesús, el Evangelizador y Servidor de los pobres que rodeado de gente pobre, enferma y hambrienta les instruye, les cura y les da de comer. Lucas añade que “caía la tarde”; esta frase evoca el pasaje de los discípulos de Emaús, en donde los desconcertados y tristes peregrinos invitan a Jesús: “Quédate con nosotros que la tarde está cayendo” (Lc 24, 29).
En ambos episodios, el evangelio de hoy y el pasaje que estamos recordando, la bendición del pan sucede al caer el día. Cuando en nuestra vida se asoma la oscuridad, la tristeza, el sinsentido, celebrando el Sacramento del pan partido y repartido pongamos en las manos de Dios nuestra vida.
Otro dato importante que nos brinda Lucas es la indicación espacial, la gente está en un lugar descampado, lugar desértico. Cuando en la vida atravesamos por el desierto, no nos olvidemos que está el Pan de Vida para fortalecer nuestro peregrinar.
El “Denles uds. de comer” representa la iniciativa del amor, y parafraseando a San Vicente de Paúl, nos recuerda que el amor es creativo hasta el infinito, que no puede permanecer indiferente ante el necesitado, que debemos amar con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente, que somos llamados para ser instrumentos de la caridad inmensa y paternal que desea reinar y ensancharse en los corazones.
Al final, todos quedan saciados y sobran doce canastos. Los doce canastos que sobran, no sólo resaltan la abundancia del don, sino que también ponen en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los doce, los apóstoles y sus sucesores, los obispos y los presbíteros reparten el pan que sacia plenamente la vida de los hombres, y fieles a las palabras del Señor “hagan esto en memoria mía”, perpetúan la presencia eucarística del Señor.
Concluyo compartiendo con uds. parte de la Carta del Papa Benedicto XVI con ocasión del Año Sacerdotal:
“El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma.
Decía también: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes”
Ruego a la Virgen de la Medalla Milagrosa, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, me haga fiel administrador de los bienes divinos y compañero cercano de mis hermanos; para que con “el corazón en ascuas”, como los discípulos de Emaús, experimente la presencia del Resucitado.
P. Hugo Ricardo Sosa, CM