Para conocer más la historia de nuestra parroquia aquí tenemos un aporte del Lic. Carlos Poggi, quien nos proporciona este estudio que completa lo publicado anteriormente, ya que ésta profundiza la historia inicial de la Parroquia San Agustín, hoy Santuario Medalla Milagrosa y San Agustín.
A 160 AÑOS de la INAUGURACIÓN de la
IGLESIA de SAN AGUSTÍN
Durante ocho años (1843-1851) el Uruguay tuvo dos gobiernos que se disputaban el poder total en la República y que se consideraron legales: el de la Defensa, cuyo reducto era la Montevideo amurallada, y el del Cerrito, que tenía asiento en ese paraje que para entonces se encontraba en el exterior de la fortificación montevideana. Este último, bajo el mando del Gral. Manuel Oribe, caudillo del partido blanco, controló durante ese período la casi totalidad del territorio uruguayo, excepto Montevideo. Su núcleo habitacional principal fue concentrándose en la zona conocida como “El Cardal”, dando lugar a la formación de un conjunto de ranchos de terrón, con techos de paja, sin alineación alguna, excepto a ambos lados y a lo largo del camino Real (actual 8 de Octubre) o del camino del Cardal (luego conocido como calle del Comercio), que conducía hasta el puerto. Comenzaba así, de hecho, la fundación de un pueblo-capital. El Cardal se constituyó en el núcleo poblacional principal desde 1843 y particularmente, el centro comercial del Gobierno del Cerrito, con pulperías, reñideros de gallos, boticas, tiendas y, en sus alrededores, importantes molinos y saladeros. Ese conjunto, casi informe y anárquico, de tales ranchos -entre los que hubo algunas pulperías y otros comercios, fue la característica principal de aquel pueblo. Mauricia Batalla, caracterizada vecina del lugar, dotó al Cardal de una Capilla –que daba sobre la actual calle Asilo entre Pernas y Comercio- que dependía de la Parroquia del Cordón. En la misma, desde 1839 ejercía su sacerdocio el Cura don Domingo Ereño y Larrea, natural de Vizcaya, quien llegó a estos lares al comenzar la Guerra Grande.
Hacia 1847 la población del antiguo caserío del Cardal y parajes aledaños había aumentado de manera considerable, y el modesto servicio religioso de la Capìlla de la Mauricia era totalmente insuficiente. Fue entonces que el Padre Domingo Ereño concibió la idea de levantar un “nuevo y hermoso templo”, según narra Domingo Aramburú. Existía un estado de pobreza general causado por la guerra, por lo que se pensaba, en principio, que el proyecto sería irrealizable. Empero Ereño no se desanimó y se presentó ante el Vicario Apostólico Don Dámaso Antonio Larrañaga, de quien obtuvo la autorización para elevar su propuesta ante el Gral. Manuel Oribe. Éste recibió la idea con entusiasmo y, aunque consideró que la escasez de dineros podía hacer inviable el proyecto, otorgó la orden por cuatro mil duros ante la firmeza con la que Ereño prometió avanzar en la obra.
El Cura consiguió de los vecinos Larravide e Illa el acarreo gratis de toda la cal necesaria desde Barriga Negra, distante 30 leguas; también consiguió de los carretilleros y carreros de playa diez carradas de arena y ladrillo, cada uno. Con esto hizo una gran economía en los gastos de transporte de materiales. A la vez, pasó esquelas de invitación a las familias para que concurrieran a la colocación de la piedra fundamental, señalando el día de la iniciación de abertura de los cimientos.
Una vez reunidos, dirigió una alocución a la concurrencia expresando su firme decisión y empeño por llevar a cabo la obra. Esto provocó el entusiasmo general de los asistentes, quienes prometieron apoyar con su esfuerzo el gran emprendimiento. Ereño tuvo un papel polifacético en la construcción de la Iglesia de San Agustín, comenzada en 1847; tomó para sí todas las responsabilidades financieras. Partiendo de la base de 4.000 duros otorgados por el gobierno de Oribe, recaudó donaciones en dinero desde óbolos humildes hasta los que equivalían y a veces duplicaban el aporte oficial. Oribe había creado, con destino a la construcción, un impuesto de dos vintenes por cada vacuno y un vintén por cada cuero, introducidos en el Departamento; el producto mensual oscilaba entre 800 y 1.000 pesos. Además de ello, el cura donó sus propios ahorros hasta una suma aproximada a los 4.800 pesos con destino a la adquisición de objetos litúrgicos para el debido alhajamiento del nuevo templo. La mano de obra fue provista sobre todo por los soldados, a los que se sumaron numerosos vecinos voluntarios, entre los que se recuerda a Santiago de Anca, el botero de los Treinta y Tres Orientales.
La erección del Templo estuvo a cargo del maestro constructor Antonio Fongivell, siendo Vicente Mayol el ejecutor material o capataz de la obra que comenzó a realizarse sobre terrenos donados por don Tomás Basáñez, lindantes con la Plaza. La misma se llevó a cabo por etapas; en principio se consiguió levantar el templo hasta los cornizones de la nave principal, dejando los arranques necesarios para las otras dos naves. Luego, se aseguró la bóveda y, más tarde, se concretó la conclusión de la primera nave. Más adelante en el tiempo, se consiguió que pudieran ser levantadas las otras naves hasta que quedó completamente concluido el templo, con ubicación en sitio privilegiado de las tres manzanas centrales de la zona urbana del poblado. En las paredes interiores se mostraban, además, riquísimas donaciones de los feligreses acaudalados y también algunas más modestas, de los vecinos del lugar.
Ya en 1849 se produce un significativo cambio en la fisonomía del caserío del Cardal, al que podríamos calificar de pueblo espontáneo. Ese prodigioso cambio surgió a raíz de lo que el propio Gral. Oribe ordenó, según Decreto del 24 de Mayo de 1849, erigiéndolo –trazado de calles y de su plaza mediante- en el Pueblo de la Restauración, “atendiendo al crecido número de edificios y habitantes reunidos en el punto llamado del Cardal”. Con los trabajos de construcción todavía inconclusos, es el 12 de Octubre de ese mismo año 1849, el día en que se procedió a la solemne inauguración de la Iglesia de San Agustín, puesta bajo esa advocación en homenaje a la esposa del Gral. Oribe, Doña Agustina Contucci. La fecha fue decidida por Oribe ya que ese día recordaba un nuevo aniversario de la Batalla de Sarandí.
Un mediodía primaveral se asoció a las distintas ceremonias acordadas; la Plaza de la Restauración, engalanada con banderas uruguayas, argentinas y de los 33 Orientales, recibió a las autoridades oficiales mientras tañían las campanas del templo y la artillería descargaba las salvas de rigor. Frente a la Iglesia se agruparon los niños de las escuelas con sus respectivos maestros; tres bandas militares hicieron oír músicas alusivas durante todo el día, lo que constituyó un acto solemne y emotivo. Don Carlos Anaya fue el padrino y el Sr. Pedro Olave apadrinó las campanas. En medio de una decoración de columnatas, banderas y guirnaldas, desfilaron cuatro batallones al son de sus charangas, como prólogo a las ceremonias religiosas y civiles que le sucedieron en la festiva jornada inaugural.
El Templo que hoy conocemos no es el de Oribe y el Padre Ereño, ya que en 1894 Monseñor Mariano Soler, primer Arzobispo de Montevideo, resolvió construir el Santuario de la Medalla Milagrosa, a cuyo efecto fue progresivamente desmantelada la venerable construcción primitiva. El nuevo templo, imitación de la Iglesia de San José de Lyon, se inauguró en 1917.
Este 12 de octubre tiene, pues, un significado especial para la Iglesia Católica y, en particular, para los unionenses ya que se conmemora el 160º Aniversario de la Primera Iglesia de San Agustín.
Lic. Carlos S. Poggi
